Ya han pasado casi dos décadas desde que tuvo lugar el genocidio. Pero en materia de perdón, el tiempo es relativo. Dieciocho años pueden ser tiempo suficiente como pueden no significar nada. Muchas veces, ante un horror como el vivido en Ruanda, las heridas no se cierran y el perdón nunca llega. En la Ruanda de hoy, tutsis y hutus viven juntos en aparente armonía. Pero el perdón es algo más íntimo. Menos palpable. Y a veces tan difícil que llega a parecer irreal.
